La Gloria de Dios

Por: Dolly Martin

Los niños de mi clase de Escuela Dominical han estado memorizando parte de la historia de la primera Navidad en Lucas 2:8-12. El versículo 9 tiene una frase que me llamó mucho la atención. Dice, “Y un ángel del Señor se presentó ante ellos y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y temieron con gran temor”. (RVA-2015) Todas las veces que he leído esta historia, asumí que la gloria rodeaba al ángel. Pero al meditar en el pasaje me di cuenta de que la gloria del Señor rodeó a los pastores, no al ángel. Otras traducciones dicen que la gloria del Señor “envolvió” a los pastores. Esa gloria era tan brillante que aterrizó a los pobres pastores.

Luz Resplandeciente
A través de toda la Biblia, la gloria del Señor se refleja por medio de una luz resplandeciente y aquellos seres que habitan en la presencia del Señor absorben algo de esa luz (Su gloria). Cuando leemos de ángeles apareciendo a seres humanos en las Escrituras, casi siempre provocan terror primero por el tamaño enorme de estos seres celestiales, pero también porque brillan con una refulgente luz.

Después de estar en la presencia del Señor en el monte Sinaí, el rostro de Moisés brillaba tanto que la gente tenía miedo de acercarse a Él. Él estaba reflejando la gloria (luz) de Dios. El rostro y los vestidos de nuestro Señor Jesucristo también brillaron en el monte de transfiguración cuando hablaba con el Padre. Leemos en Lucas 9:29-31, “Y mientras oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra y sus vestiduras se hicieron blancas y resplandecientes. Y he aquí, dos hombres hablaban con él. Eran Moisés y Elías, quienes aparecieron en gloria…”. (RVA-2015) Note que Moisés y Elías quienes aparecieron para hablar con el Señor aparecieron “en gloria”, es decir brillando. El pasaje paralelo en Mateo añade algunos detalles interesantes. Dice, “Y fue transfigurado delante de ellos. Su cara resplandeció como el sol, y sus vestiduras se hicieron blancas como la luz”. (Mateo 17:2, RVA-2015)

Luz Inaccesible
1 Timoteo 6:16 dice que Dios “habita en luz inaccesible” lo cual podríamos equivaler a “gloria inaccesible” y Salmos 104:2 añade, “Tú eres El que se cubre de luz como de vestidura”. (RVA-2015) Cuando hablamos con nuestro Padre Celestial en oración, nosotros también adquirimos algo de su gloria y aunque nosotros no lo percibimos, todos los seres en los lugares celestiales lo pueden ver. Entre más tiempo pasamos orando, más brillamos y más fuertes nos hacemos en nuestro espíritu. Leemos en 2 Corintios 3:18, “Así que, todos nosotros, a quienes nos ha sido quitado el velo, podemos ver y reflejar la gloria del Señor. El Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a Él a medida que somos transformados a su gloriosa imagen”. (NTV)

Luz Iluminante
Aunque ahora vemos al Señor como por detrás de un velo, un día lo veremos cara a cara y podremos contemplar Su gloria en todo su esplendor sin temor. Tanta es la gloria de nuestro Dios que ilumina a toda la Santa ciudad donde está Su trono. En Apocalipsis 21:23 leemos, “La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna, porque la gloria de Dios ilumina la ciudad, y el Cordero es su luz”. Será magnífico vivir en un lugar donde toda la luz viene del Padre y del Hijo y nunca hay noche. Es un lugar de puro gozo, felicidad, armonía, y compañerismo continuo con Dios y con todos allí.

¿Tiene usted la seguridad de que terminará en el cielo? El Señor nos dice que no desea que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento. Es imposible llegar al cielo sin haberse arrepentido de sus pecados y creído en Jesucristo, la única fuente de sanidad espiritual. Él desea verle en el cielo más de lo que usted desea estar allí. El creó el cielo para que usted lo pueda disfrutar con Él. Anhela pasar tiempo con nosotros y por el momento, hasta que lleguemos allá, eso es a través de la oración. La primera oración que usted debe hacer es la de poner su fe en Él como su Salvador personal. Si no lo ha hecho todavía, Navidad es la mejor época del año para comenzar su nueva vida con el Señor Jesucristo.

Cuando confiesa su pecado, Él viene a morar en su vida por medio del Espíritu Santo y no le dejará hasta que lo lleva a la misma presencia del Señor. Le invito a hacer una oración como la siguiente, “Señor, yo soy un pecador. Te he fallado muchas veces y no merezco Tu amor. Gracias por morir en la cruz por mis pecados. Te acepto como mi Salvador personal. Lávame, límpiame y hazme Tu hijo. Lléname de Tu presencia. Gracias. En el nombre del Señor Jesucristo, Amén.” Si cree en Jesucristo con todo el corazón, puede estar seguro de que un día verá la gloria del Señor y Él le recibirá con gozo en Su eterno hogar. ¡Feliz Navidad!