Sus Ojos de Amor

Por: Dolly Martin, Directora de Programación

Cuando miré su rostro, vi que sus ojos brillaban con un amor tan puro que derritieron mi corazón. Esos ojos me cautivaron, me llenaron de paz y seguridad de que yo era especial para Él. Su semblante irradia un gozo intenso y me comunica sin palabras cuanto me ama. Es un amor inmerecido porque tengo muchas fallas, pero me ama tal como soy. Me perdona, no guarda rencor, ni lleva un registro de mis errores. No se irrita conmigo, sino es paciente, deseoso de apapacharme con sus caricias, sus besos, su aceptación incondicional

No hay un ser humano que pueda amarme con esa clase de amor puro. Esa clase de amor no es natural porque todos nacemos con una naturaleza egoísta, y muchos seguimos con esa mentalidad de “yo primero” durante toda la vida. Otros maduran (especialmente cuando llegan los hijos) y aprenden a ser bondadosos, amorosos y dadivosos con sus seres queridos, amigos o aquellos que les caen bien. Pero ninguno de nosotros deseamos gastar nuestro amor con aquéllos que nos tratan mal, nos odian, o nos ignoran.

En cambio, el Señor Jesucristo es el ejemplo de alguien que ama al más vil pecador con el mismo amor con que ama a la persona más dulce. Sus ojos siempre están llenos de cariño, de dulzura, y de aceptación. ¡Nunca nos rechaza! Aun cuando tiene que corregirnos, lo hace con ternura deseando restaurar la relación con nosotros.

Cuando tomo el tiempo de hablar a solas con mi Señor y miro a Sus ojos tan brillantes y llenos de amor, de paz, y de gozo, todas mis preocupaciones se derriten. Esos ojos me comunican que me perdona por todos mis berrinches, mi impaciencia, mi egoísmo…en fin, con toda mi carnalidad. Él entiende que deseo vivir para agradarle, pero caigo tan corta de sus expectativas. Su aceptación y perdón me llenan de agradecimiento y adoración para Aquel que nunca se cansa de amarme. El amor del Señor Jesús “…nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia”. (1 Corintios 13:7, NTV)

El Señor inspiró al apóstol Pablo a escribir el capítulo 13 de 1 Corintios a cada creyente para enseñarnos como amar. Pero esa clase de amor es imposible para el hombre natural. No es normal amar incondicionalmente. Solo nuestro amado Salvador puede amarnos con esa clase de amor. Pero cuando tenemos al Señor viviendo en nuestro corazón, Él nos ayuda a amar con un amor sobrenatural. ¿Cómo? Por medio de Su Espíritu.

Cuando rendimos nuestra vida al Señor y ponemos nuestra vida en Sus manos, el Espíritu Santo viene a morar en nuestro corazón y comienza a enseñarnos cómo actuar, cómo pensar, cómo vivir. Entre más tiempo pasamos con el Señor (hablando con Él y dejando que Él nos hable por medio de Su Palabra), Él va moldeando y transformando nuestra vieja manera de pensar y actuar. El Espíritu Santo nos madura y nos transforma a la misma imagen del Señor Jesucristo para la gloria de Dios el Padre. No llegaremos a la perfección hasta que lleguemos al cielo, pero nos vamos santificando (haciendo más puros y menos aptos a pecar) conforme maduramos en nuestra fe.

Si usted no ha puesto su fe en el Señor Jesucristo, se está perdiendo la increíble bendición de gozar de una aceptación, una apreciación, y un amor incondicional que no tiene comparación. Está disponible para usted si se rinde al Señor, cree en Él como su Salvador que murió en la cruz por sus pecados y resucitó al tercer día probando ser Dios. Le invito a acercarse al Señor por fe y recibir Su amor que está disponible para todo aquel que cree en Él con el fin de que no perezca, sino que tenga vida eterna. (Juan 3:16)

Tal vez usted ha confiado en Cristo, pero no está experimentando Su amor como lo he descrito aquí. ¿Será que se ha alejado del Señor? Un carbón encendido que se aleja del fuego pronto se enfría y eventualmente se apaga. No puede gozar del amor del Señor si se mantiene lejos de Él. Tiene que sacrificar tiempo de su agenda diaria para cantar un himno, leer Su palabra, y orar como lo hacían los primeros creyentes en el libro de los Hechos. Dice en Hechos 2:46-47, “Adoraban juntos en el templo cada día, se reunían en casas para la cena del Señor y compartían sus comidas con gran gozo y generosidad, todo el tiempo alabando a Dios y disfrutando de la buena voluntad de toda la gente. Y cada día el Señor agregaba a esa comunidad cristiana los que iban siendo salvos”. (NTV)

Entre más se acerca al Señor, más lleno será de Su presencia y de Su amor. En este mes del amor y la amistad, no busquemos en otros el amor que solo existe en nuestro Salvador. Él tiene el amor perfecto y desea llenarle hasta que usted rebose de Su amor incondicional.