La Muerte

Por: Dolly Martin

Plaga Año Muertes
Justiniano 541-750 25-50 millón (China, N. África)
Negra 1346-1350 75-200 millón (Europa)
Cocoliztli 1545-1548 5-15 millón (México)
Cocoliztli 1576-1580 2-2.5 millón (México)
Persia 1772 2 millón (Irán)
Cólera 1852–1860 1 millón (Rusia)
Influenza 1889–1890 1 millón (mundial)
Encefalitis 1915-1926 1.5 millón (mundial)
Influenza 1968–1969 1 millón (Hong Kong)
Ébola 2013-2016 11,300 (África Oriental)
Coronavirus 2019-presente 1,670 (China)

El Coronavirus nos tiene a muchos preocupados por la posibilidad de que se introduzca a nuestro país. Algunas iglesias de chinos en Houston han cancelado sus servicios hasta mayor aviso como precaución para evitar la propagación de esta enfermedad mortal entre sus miembros.

Cuando miramos la historia de las plagas más mortales en la historia humana, es aleccionador ver la cantidad de personas que murieron. Las primeras dos en la lista a la derecha (la Plaga Justiniana y la Plaga Negra) se diseminaron por medio de ratas infectadas que viajaron a bordo naves de mercadeo. La Plaga Negra fue responsable por la muerte de 60% de la población del mundo en ese tiempo debido a las calles inmundas que albergaban parásitos o pulgas infectadas con la enfermedad. Las ciudades donde había más tráfico portuario fueron las más afectadas y en algunos casos pueblos enteros murieron a raíz de estas pandemias.

La plaga mató indiscriminadamente, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, pero especialmente en las ciudades y entre los grupos que tenían contacto cercano con los enfermos. Monasterios enteros llenos de frailes fueron aniquilados y Europa perdió a la mayoría de sus médicos. Esto nos lleva a hacer algunas preguntas.

¿Por qué no intervino Dios en estas epidemias?
La Biblia dice que cuando Dios creó al mundo, era un lugar perfecto, puro y sano, sin enfermedad, ni dolor ni muerte. Todo eso cambió cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios. El pecado entró al mundo y contaminó TODO. Allí es donde comenzó el sufrimiento que afecta a nuestro planeta: la naturaleza, los animales, y el hombre. Leemos en Romanos 8:22-23, “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”. Las enfermedades y la muerte no son castigos de Dios, sino una consecuencia del pecado. Cada vez que nos enfermamos, es un recuerdo que vivimos en un mundo caído y quebrantado por el pecado.

¿Podría suceder otra vez?
Hasta que la maldición que vino sobre el mundo cuando entró el pecado sea removida, siempre estaremos sujetos a la consecuencia del pecado. Por eso Dios nos manda a no enamorarnos de este mundo. En Hebreos, capítulo 11 leemos de los grandes hombres y mujeres que vivieron por fe y son presentados como un ejemplo para todos nosotros aunque ellos no alcanzaron a ver las promesas de Dios cumplidas en sus vidas. El versículo 13 dice, “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”.

Estos héroes de la fe vivieron con su mirada puesta en su morada eterna, esperando el día cuando ya no habrá muerte, ni dolor, ni hambre, ni pestilencia. No se aferraron a este mundo ni a las cosas de este mundo. Sabían que estaban aquí de pasada y por eso siempre tenían su mirada puesta en su morada eterna. Hebreos 13:14, dice: “Porque no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la que está por venir”. (LBLA)

Los que hemos puesto nuestra fe en el Señor Jesucristo tenemos la esperanza de vivir en una tierra nueva y un cielo nuevo donde todo será perfecto. ¿Tiene usted esta esperanza? Dios dice que “la paga del pecado es muerte (separación eterna de Dios), mas la dádiva (regalo) de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Romanos 6:23) El cielo (vida eterna) es un regalo. No lo puede ganar o merecer por sus buenas obras. Tiene que recibirlo por fe. Jesús dijo, “De cierto, de cierto les digo que el que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna. El tal no viene a condenación sino que ha pasado de muerte a vida”. (Juan 5:24, RVA)

Usted comenzará a gozar de la vida en el momento que pone su fe en lo que Jesús dijo. La muerte ya no le causará pavor. Le invito a recibir a Cristo en su corazón ahora mismo.