Ana es el vivo reflejo del amor sacrificial de Dios

Por Miguel Jacinto

Hace años, una joven madre viuda viajaba a pie por las montañas escocesas cuando fue sorprendida por una tormenta de nieve que le impidió llegar a su destino. A la mañana siguiente, cuando la encontraron congelada, descubrieron que se había quitado toda su ropa exterior para proteger a su pequeño hijo, a quien encontraron vivo gracias a esa protección.

Una noche, un pastor contó esta emocionante historia y unos días después recibió un mensaje para visitar a un hombre muy enfermo que le dijo: “No me conoce, porque aunque he vivido muchos años en esta ciudad, nunca asistí a la iglesia; pero el otro día pasé frente a su iglesia y usted explicó tan claramente que tal amor es una ilustración del amor de Cristo que dio su vida por nosotros, y por primera vez entendí la grandeza de este amor. Yo soy ese hijo por el que su madre murió congelada y quería hacerle saber que mi madre no murió en vano. Quiero dar mi vida a Cristo: el sacrificio de mi madre servirá para salvar mi cuerpo y mi alma”.

El Poder Sanador de Dios
La historia de Ana, madre del profeta Samuel, ocurre al final de la época de los jueces y al principio de la etapa de los reyes de Israel. Ana fue la esposa de un levita llamado Elcana. Su esterilidad permitió que su esposo tuviera una concubina (Penina) que le dio hijos. Ana, sin embargo, sufrió el oprobio y la burla de esa mujer. Su dolor llegó a ser tan grande que la llevó buscar la gracia y misericordia de Dios.

Un día, mientras visitaba el templo en Jerusalén, derramó su espíritu y amargura tanto que el sumo sacerdote le confundió con una borracha. Ana aclara que era su situación la que le llevó a orar con tanta intensidad. El sacerdote le bendice y ella se marcha confiada y consolada. Al siguiente año, Ana dio a luz a un hijo al cual llamó Samuel. Ella decide quedarse en casa hasta destetarlo. Pasado el tiempo lo lleva al templo para entregarlo y consagrarlo al servicio de Dios. Ana es recompensada con tres hijos y dos hijas. (I Samuel 1:1-2:21).

La Fe es Recompensada
Ana demuestra la confianza que toda mujer debe tener en momentos tristes y difíciles. Su inteligencia espiritual se ve resaltada cuando clama y descarga toda su angustia en Dios, en lugar de descargar su amargura contra los demás. Su fe se ve recompensada al dar a luz su primogénito. Ana también refleja un corazón agradecido al consagrar a Samuel para el servicio exclusivo de Dios resultando en una cascada de bendiciones al concebir otros hijos. La historia de Ana nos permite ver lo que Dios es capaz de hacer en la vida de los que claman y confían en El. Oramos para que todas nuestras madres, esposas, hermanas e hijas sigan contando las grandes historias del poder, gracia y compasión de Dios en sus vidas. ¡Feliz Mes De Las Madres físicas y Espirituales!

https://www.anecdonet.com/07/08/el-sacrificio-de-una-madre/