Una Joven Evangelista

La joven estudiante de secundaria amaba al Señor y tenía una convicción de que debiera hablar con sus compañeros de clase acerca de Jesús pero tenía mucho temor de ser rechazada por ellos. Llegaron evangelistas a la iglesia los cuales dieron el reto de hacer un compromiso con el Señor para ser una luz en este mundo oscuro llevando el mensaje de salvación.

Tratados Ilustrados

Oró mucho pidiendo que el Señor le diera la valentía y sabiduría para compartir su fe con otros. Había leído algunos tratados ilustrados con dibujos que daban una clara presentación del evangelio en una manera muy atractiva. Decidió ordenar cien de estos tratados y usarlos para ayudarle a iniciar conversaciones donde pudiera hablar del Señor Jesucristo. En ese tiempo un paquete de 100 tratados sólo le costaba siete dólares lo cual era un precio muy económico. Pero vio que la compañía tenía una oferta especial en la que ellos le enviarían 100 tratados cada mes por seis meses. Después de pensarlo decidió aprovechar esta oferta y pagó por 600 tratados.

Cuando llegó el primer paquete puso varios en su bolsa y comenzó a dejarlos en lugares estratégicos de la escuela: en el baño, en la cafetería, en la biblioteca, etc. Sabía que era mejor entregarlos personalmente pero pensó que al menos estaba haciendo algo. Tal vez Dios podría usar algunos de los tratados que estaba dejando para tocar el corazón de alguien que estaba buscando al Señor. Poco a poco, comenzó a compartir su fe con otros y una compañera llamada Sandy mostró interés en al evangelio.

Sandy tenía muchos problemas en casa los cuales compartió con la joven evangelista quién escuchó atentamente. La evangelista le mostró en su Biblia que Jesús podía y quería ayudarle con sus problemas, pero primero tenía que convertirse en Su hija. Usando el folleto y su Biblia, la joven le mostró a Sandy que todos nacemos en pecado y el pecado nos separa de Dios. Las ilustraciones en el tratado muestran a Dios en una colina y al hombre en otra, con una brecha enorme de por medio separando los dos. Sandy admitió abiertamente que ella era una pecadora y entendió que “la paga del pecado es muerte” como dice en Romanos 6:23.

La evangelista después le mostró las buenas nuevas de lo que Jesucristo hizo por ella en la cruz del calvario. Por amor Él ofreció Su vida para pagar por los pecados de Sandy para que ella no tuviera que pasar una eternidad separada de Dios en un lugar de castigo. Luego resucitó al tercer día demostrando que Él es Dios y que tiene poder sobre la muerte.

Hija de Dios

Sandy tenía conocimiento de la muerte de Jesús pero no había entendido que Él habría muerto por ella personalmente. La joven amiga le explicó que ella podía convertirse en hija de Dios si creyera y recibiera a Jesús como su Salvador personal. “¿Te gustaría hacer esto Sandy?” le preguntó su amiga. Sandy no vaciló en aceptar la invitación. La joven no podía creerlo. Le hizo varias preguntas a Sandy para asegurarse que había entendido los puntos claves del evangelio y efectivamente Sandy los entendió. Con gozo en el corazón guió a Sandy en una oración de arrepentimiento por sus pecados, confesando que ponía toda su fe en Jesucristo y lo recibía como su Salvador personal. Juan 1:12 dice, “Pero a todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio derecho de ser hechos hijos de Dios”. (RVA 2015)

Las dos se llenaron de gozo. Sandy por su nueva fe y por saber que ahora era hija de Dios y la joven porque Dios la había usado a pesar de sus defectos, temores e inseguridad. La joven le regaló una Biblia a Sandy y comenzó a discipularla con estudios bíblicos cada semana después de clases. Sandy comenzó a asistir a una iglesia e incluso compartió su fe con varios miembros de su familia quienes también hicieron profesión de fe en Cristo Jesús.

Dios Usa a Imperfectos

No hay uno de nosotros que sea digno de compartir las buenas nuevas de salvación. Todos tenemos inseguridades, temores y faltas en nuestro carácter que a veces usamos como excusa para no evangelizar. Pero si miramos a los primeros apóstoles, vemos que ellos eran hombres comunes y corrientes con deficiencias de carácter igual que nosotros. Pedro era impetuoso y negó al Señor tres veces. Jacobo y Juan tenían el apodo de “hijos de trueno” por su personalidad explosiva. Tomás se rehusó a creer que Jesús había resucitado hasta verlo con sus propios ojos. El Apóstol Pablo tuvo una discusión tan fuerte con su colega Bernabé que tuvieron que separarse. Ninguno de estos hombres era perfecto. Todos tenían flaquezas. Pero Dios nos acepta con nuestras imperfecciones porque nos ayuda a no vanagloriarnos y darle a Él toda la gloria.

Oremos por nuestros estudiantes para que ellos se armen de valentía para compartir su fe con otros. Necesitamos un ejercito de jóvenes evangelistas que vean a sus escuelas como campos misioneros listos para la cosecha. Dijo Jesús a sus discípulos en Mateo 9:37-38: “A la verdad, la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”. (RVA 2015) De paso, esa joven evangelista soy yo.