Restaurando nuestra comunión con Dios

Muchos cristianos piensan que cuando pecan su salvación les es quitada, y que deben pedir a Dios que los vuelva a salvar para recuperarla. Esto no es bíblico. Recordemos que en el periodo del Antiguo Testamento el Espíritu de Dios tenía ministerios puntuales y temporales, como en los casos del profeta Elías,  los jueces como Sansón, o el mismo rey Saúl, entre otros. Esto sucedía en el Antiguo Testamento porque el sacrifico por el pecado también era temporal. El cordero pascual era un símbolo del Cordero de Dios que vendría para quitar el pecado del mundo permanentemente.

Cuando Jesús muere en la cruz el velo del templo se rasgó de arriba hacia abajo como una muestra visible de que el sacrificio de Jesús abrió la entrada permanente al lugar santísimo. Mateo escribe al respecto:”Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron;  y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron” (Mateo 27:51-52). Los creyentes del Antiguo Testamento tuvieron acceso a la presencia de Dios porque sus pecados habían sido limpiados permanentemente.

La Biblia nos enseña que cuando un creyente peca se rompe la comunión con Dios. Pablo nos advierte: “Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Este pasaje muestra con claridad que el pecado entristece al Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo permanece en nosotros como garantía de nuestra redención. Cuando pecamos no dejamos de ser hijos de Dios, ni el Espíritu Santo sale de nuestro corazón.  El pecado nos desconecta temporalmente de la comunión con nuestro Padre Celestial.

El apóstol Juan nos da la solución para restaurar nuestra comunión con Dios cada vez que pecamos diciendo: “Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad” (I Juan 1:9). La confesión es “estar de acuerdo con Dios” que lo que hemos hecho ofende su santidad.  La palabra “pecados,”  se refiere a los actos “concientes y deliberados” que violan las normas divinas. La frase “toda maldad,” se refiere a los “pecados de omisión e inconcientes” que cometemos. Juan nos asegura que cuando confesamos los pecados concientes, Dios nos perdona, y de paso nos limpia de los pecados de los cuales no estamos concientes, lo cual restablece nuestra comunión con él.