Lloró Amargamente

Judas y Pedro traicionaron a Jesús. Por más de tres años ellos vivieron, comieron, durmieron, y aprendieron de Él. Pero cedieron a la tentación y ambos negaron a su amigo, su colega en el ministerio, y su Mesías. Jesús sabía los puntos débiles de cada uno y les advirtió que iban a traicionarlo horas antes que lo hicieran. Pero la advertencia no sirvió para evitar la caída de ambos.

Judas, el tesorero del Maestro estaba sentado a la par de Jesús en la última cena, un lugar de honor, cuando Jesús anunció: “A la verdad el Hijo del hombre se irá, tal como está escrito de él, pero ¡ay de aquel que lo traiciona! Más le valdría a ese hombre no haber nacido. Acaso seré yo, Rabí?” le dijo Judas, el que lo iba a traicionar. “Tú lo has dicho” le contestó Jesús. (Mateo 26:24-25, NVI)

En la misma cena, Jesús se dirigió a Pedro con una palabra de amonestación diciendo, “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido zarandearlos a ustedes como si fueran trigo. Pero yo he orado por ti, para que no falle tu fe. Y tú, cuando te hayas vuelto a mí, fortalece a tus hermanos”. (Lucas 22:31-32, NVI)

Satanás obró en la vida de ambos hombres para hacerles caer. En Judas usó la codicia. El amaba el dinero y este se había convertido en su dios llevándolo a traicionar al Señor por solo 30 piezas de plata. Seguramente Judas había elaborado planes de como pensaba usar ese dinero y esos pensamientos codiciosos nublaron su mente de todas las consecuencias de sus acciones.

Como ocurre con todos nosotros cuando pecamos, el diablo nunca nos revela la verdad sobre lo que sucederá cuando tomamos su carnada. Primero nos engaña con mentiras y medias verdades y después que caemos se convierte en nuestro acusador torturándonos con remordimiento y angustia por el pecado cometido.

En el caso de Pedro, el enemigo de nuestras almas lo atacó con el miedo de caer en manos de los sanguinarios soldados Romanos cuyas formas de castigo y tortura eran muy conocidas por el mundo entero. Pedro prometió a  Jesús: “Aunque tenga que morir contigo… jamás te negaré.” (Mateo 26:35, NVI). Pero esas palabras pronunciadas en la comodidad de una cena pascual se desvanecieron ante la presencia amenazador del ejército Romano que ya tenía a Jesús en sus manos y lo había comenzado a enjuiciar.

Tres veces acusaron a Pedro de ser uno de los seguidores de Jesús, y tres veces lo negó con maldiciones y juramentos declarando, “No conozco al hombre.” (Mateo 26:72, RVR 1960). Pero después de la tercer negación oyó el canto del gallo y el Espíritu Santo le recordó lo que Jesús le había dicho, “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces.” (Mateo 26:75, RVR1960).

Los dos pecaron, los dos fueron traidores, y los dos reconocieron la gravedad de su iniquidad pero hasta allí llega la similitud entre estos dos seguidores de Jesús. Hay un dicho popular que dice, “No importa cuantas veces te caigas lo importante es cuantas veces te levantas”. Cuando Judas se dio cuenta de lo que había hecho, trató de apaciguar su conciencia regresando el dinero, pero los lideres religiosos no se lo aceptaron. Frustrado y no sabiendo que hacer con la enorme culpa que ahora cargaba fue y se ahorcó. No confesó su pecado ni pidió perdón. No se arrepintió.

El diccionario Miriam Webster define el arrepentimiento como “volver del pecado.” Leemos en Isaías 55:7, ” Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar. (RVR1960) Pedro lloró amargamente después de su pecado pero es claro por su comportamiento que él sí se arrepintió. La Escritura dice que Jesús se le apareció a Pedro después que resucitó en varias ocasiones y en una de ellas lo restauró como el líder de los discípulos, encomendándolo a pastorear y apacentar el pequeño rebaño de seguidores del Mesías. (Vea Juan 21)

El Señor es un Dios misericordioso y perdonador. El desea perdonarle y restaurarle de cualquier pecado que haya cometido pero necesita arrepentirse para aprovechar de la gracia inmerecida que se le ofrece. Confiese su fracaso humildemente sin echarle la culpa a nadie y pida que Dios le limpie. Sea como Pedro y verá cuán pronto el Señor le restaura y aún le exalta. La pascua es una celebración de la victoria de Jesús sobre el pecado. No deje pasar esta hermosa celebración sin ponerse a cuentas con el Señor.