La Mejor Educación comienza con los principios bíblicos

La filosofía secular nos dice que "la educación mejora al hombre". Entonces, cuánto más educación tiene una persona, tanto mejor será como persona, y mayor será su valor como persona. Pero a menudo se confunden la educación intelectual con la educación del carácter, como si fuera lo mismo. El problema es que la educación produce abogados, ingenieros y jueces que son altamente corruptos, lo cual demuestra la necesidad de la educación del carácter.

La Biblia nos enseña que el hombre tiene una naturaleza corrupta que tiende a hacer lo malo. El Profeta Jeremías escribe: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá (Jeremías 17:9) Pablo nos advierte diciendo: "Todos se apartaron, á una fueron hechos inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno." (Romanos 3:12) La educación no cambia a nadie. Cuánto más una persona desarrolla su educación, más crece también su potencial para hacer lo malo.

Ni la "educación de valores", ni la "educación moral" transforma el carácter del hombre. La filosofía griega sostenía que el conocimiento de principios morales llevaba al mejoramiento de la persona y de la sociedad en general. Esta idea humanista presupone que el hombre es bueno, que puede mejorarse a sí mismo, y por consiguiente, es capaz de desarrollar por si mismo todo el potencial que está en él.

El Salmista se pregunta: "¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; No me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti." (Salmo 119: 9-11) Aquí radica la importancia de que la buena educación comienza con los principios bíblicos. Somos los padres, en todo caso, los principales responsables de fomentar e infundir en nuestros hijos el amor a Dios y al prójimo como así mismos.

El Apóstol Pablo nos enseña que: "Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto (maduro), equipado para toda buena obra." (2 Timoteo 3:16, 17) No permitamos que el sistema educativo humanista nos imponga lo que debemos enseñar a nuestros hijos. Aprovechemos los primeros años de vida de nuestros hijos para atesorar en sus corazones los principios de La Palabra de Dios.