El Hogar de Ancianos

Estaba visitando a mi vecina que recientemente tuvo que dejar su amada casita e ingresar en un hogar de ancianos porque sufre de la enfermedad Parkinson’s y ya no puede vivir sola. Gozamos de un lindo tiempo de compañerismo cristiano pero pronto se pasó la hora y tuve que regresar a casa.

Visitar a los ancianos que están confinados en los asilos es algo que aprendí de mi padre, Alberto Martin. Durante mi juventud, él me invitaba a acompañarle a visitar a personas de la tercera edad que habían invertido en su vida siendo joven y ahora estaban confinados a un asilo. Uno de estos era el misionero Guillermo Cook.

Este gran hombre de Dios fue un misionero en Bolivia y Argentina durante 50 años y mi padre lo respetaba mucho por todo lo que él y su esposa Anita hicieron en la obra del Señor. Don Guillermo fue su pastor y mentor en Mendoza, Argentina por muchos años y cuando mi padre se mudó a Estados Unidos, Don Guillermo le ayudó de muchas maneras valiosas. El Pastor era oriundo de Houston, Texas asi que le ayudó a mi padre a aprender inglés. Su compañero de viaje fue David Cook, el hijo de Don Guillermo y se hospedó en la casa de Margarita Lambert, hermana del Pastor Cook.

Mi padre nunca se olvidó de lo que las familias Cook y Lambert habían hecho por él y cuando ambos estaban entrados en edad, los llamaba, los invitaba a nuestra casa para cenar una comida típica Argentina (aunque eran Norteamericanos) y cuando quedaron internados en dos asilos diferentes, mi padre los visitaba regularmente.

Hubieron muchos ancianos, algunos de su misma edad o un poco mayor con los que mi papá mantuvo un contacto telefónico regular cuando estos se vieron confinados a sus hogares por razones de salud. Mi padre era un hombre de negocios muy ocupado, pero siempre hizo tiempo para llamar a sus amigos y particularmente a los ancianos.

En varias ocasiones yo lo acompañé en estas visitas aunque tengo que admitir que no me agradaban. Los lugares eran tristes, y estos ancianos no se podían comunicar muy bien así que la conversación era mayormente de nuestra parte, sin mucha respuesta de por parte de ellos. Siendo una joven con mucha energía, no me gustaba dejar mis actividades para acompañar a mi padre, pero lo hacía porque sabía que era importante para él. Para ser honesta, generalmente iba de mal humor y resintiendo el tiempo “perdido” en esas visitas deprimentes.

En Su Palabra, Dios nos dice repetidas veces que debemos respetar a las personas de la tercer edad. En Levítico 19:32 dice, “Ponte de pie en presencia de los mayores. Respeta a los ancianos. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor.” (NVI).

Muchos padres enseñan a sus hijos a ponerse de pie cuando un anciano entra en la habitación como forma de mostrar respeto, sin saber que el origen de este gesto de respeto se encuentra en la Biblia. Mi padre nunca abrió la Biblia para mostrarme este versículo pero lo vivió. Su ejemplo ha quedado grabado en mi memoria y me sirve hoy para saber como comportarme con los ancianos.

Aunque mi padre falleció en el 2009, doy gracias a Dios por las lecciones que él me dejó acerca de honrar a los de la tercera edad, particularmente a no olvidar a los que invirtieron en mi vida cuando era joven. Aquellos que fueron mis mentores espirituales durante mi niñez y juventud ahora están envejeciendo y quiero seguir el ejemplo que mi padre me dejó de honrar a estos hombres y mujeres de Dios.

Los padres, generalmente, no reciben los mismos halagos que las madres en su día porque muchos de ellos no supieron ser buenos líderes de sus familias. Tal vez usted se sienta así. Sin embargo, estoy segura de que usted podrá encontrar algo positivo, por más pequeño que sea, que usted aprendió de su padre. Le animo a agradecer a su padre en su día y honrarlo. Feliz Día de los Padres.