Dios aprecia altamente nuestras acciones de gracias

Una mujer andaba muy apurada por todos sus quehaceres, tenía una cita médica, a la que estaba llegando tarde y no encontraba un buen lugar para estacionarse, por lo que angustiada, levantó su oración al cielo diciendo: “Señor, por favor, hazme el milagro de proveer para mi, un lugar para estacionarme…” No acababa de pronunciar aquello, cuando un auto empezó a salir, dejando el mejor lugar libre, ante lo cual, ella se apuró a agregar… “¡Olvídalo Señor, ya encontré uno!”.

El propósito original de Dios para la nación de Israel era que fuese un reino de sacerdotes (Éxodo 19:5 y 6). Sin embargo, la desobediencia en el incidente del becerro de oro anuló la posibilidad de desarrollar una sociedad perfecta e ideal. Después del fracaso de Israel como nación, Dios eligió a una de las tribus para que sus miembros ejerciesen el sacerdocio: la tribu de Leví. Los levitas recibieron una posición de autoridad más elevada, lo cual requería una mayor responsabilidad, y correspondería a un nivel superior de vida espiritual.

En los capítulos 21 y 22 de Levítico, Dios establece que el sacerdote israelita presentara sacrificios de gratitud personal. En Levíticos 22:29-31 leemos, "Y cuando ofreciereis sacrificio de acción de gracias a Jehová, lo sacrificaréis de manera que sea aceptable. En el mismo día se comerá; no dejaréis de él para otro día. Yo Jehová. Guardad, pues, mis mandamientos, y cumplidlos. Yo Jehová."

La finalidad de esta ofrenda libre y voluntaria era expresar gratitud a Dios, lo cual tiene un significado especial para los creyentes en la actualidad, de acuerdo a Hebreos 13:15, que dice: "Por tanto, ofrezcamos continuamente mediante El, sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de labios que confiesan su nombre." Este fruto de labios, que surge de nuestra boca, debiera ser para darle gracias a Dios en el nombre de Jesucristo por su obra redentora e intercesora por cada uno de nosotros.

El Nuevo Testamento nos enseña que cada creyente es un sacerdote y tiene acceso al trono de la gracia de Dios. Cada creyente-sacerdote tiene que vivir una vida pura, que solo es posible por el poder del Espíritu Santo que habita en los creyentes. El apóstol Pedro nos exhorta diciendo, "Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén." ¡Mostramos gratitud a Dios en todo lo que hacemos y decimos!