Confiando en la Promesa

Yo tuve el enorme privilegio de tener unos padres que me llevaron a la iglesia desde que nací. Escuché la enseñanza de la Palabra de Dios y las buenas nuevas de salvación en Cristo Jesús cientos de veces durante mi niñez. Escuchar estas verdades Bíblicas no fue suficiente para ser cristiana. Yo sabía que era una pecadora y que el Señor murió en la cruz para pagar los pecados del mundo, pero solo era conocimiento intelectual hasta un buen día que esa verdad bajo de mi cabeza y entró a mi corazón. Doy gracias a Dios que mi madre estaba preparada para contestar mis preguntas espirituales. Ella me ayudó a personalizar el mensaje del evangelio y me guió a los siete años de edad a confiar en Jesucristo como mi único y suficiente Salvador personal.

Yo recuerdo muy bien ese día, la decisión que hice y como transformó mi vida. No dudo por un segundo que ese fue el comienzo de mí caminar de fe con el Señor. Jesucristo dice en Juan 5:24, “Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida”. (NVI) Yo pasé de muerte a vida ese día arrodillada al pie de mi cama al lado de mi madre al poner toda mi confianza en el Señor Jesús para el perdón de mis pecados. Pero en el transcurso de los siguientes cinco años, Satanás se encargó de hacerme dudar de si realmente era hija de Dios.

Cuando el diablo pierde un alma, cambia su estrategia y se enfoca en hacer que ese cristiano cuestione si usó las palabras correctas o si era suficientemente penitente o si Dios realmente escuchó la oración o le hace pensar que ha perdido la salvación por caer en pecado. Realmente no recuerdo cuantas veces oré pidiendo que el Señor me salve pero lo cierto es que no tenía seguridad de que era salva. Yo pensaba que para ser salva tenía que ser perfecta o al menos casi perfecta.

Si hubiera aprendido algunos versículos de memoria acerca de la seguridad de la salvación como el de Juan 5:24 me habría afirmado en mi fe. Cuando Satanás siembra dudas en nuestra mente, la manera más efectiva de combatirlo es con la Palabra de Dios. Eso es lo que Jesús hizo cuando el diablo le tentó estando en el desierto de Judea. Existen cientos de versículos bíblicos en donde Dios nos promete que él se encarga de guardarnos una vez que entramos por la fe a ser miembros de su familia. Por ejemplo en Juan 10:27-29 el Señor dice, “Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano. Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y de la mano del Padre nadie las puede arrebatar.” (NVI)

¿Vive usted con inseguridad acerca de su destino eterno? Dios no quiere que usted viva así, tambaleando como las olas del mar. Le animo a leer por si mismo las promesas de vida eterna que el ha dado y después creerlas. La salvación es del Señor pero a nosotros nos toca confiar en la promesa que él nos ha dado.

Yo dejé de escuchar las mentiras de duda con las que Satanás me torturaba a la edad de 12 años en un campamento cristiano. Durante la fogata, un consejero compartió una historia de un granjero que un buen día cuando las dudas le torturaban, se bajó de su tractor y hizo una pequeña cruz de madera y la puso en la tierra detrás del granero. Se arrodilló al pie de la cruz y oró, “Señor no se si las otras veces que he orado lo hice bien, pero ahora mismo, pongo mi fe en Ti para la salvación de mi alma y dejo esta cruz aquí como recordatorio de mi decisión. Gracias por morir en la cruz por mis pecados y darme la vida eterna. Amen”.

El granero volvió a subir a su tractor gozoso y la próxima vez que dudó, se bajó de su tractor de nuevo y se fue a la cruz y dijo, “Diablo, esta cruz es testigo de mi decisión y nunca más voy a darle lugar en mi mente a tus dudas.” Se subió de nuevo a su tractor con un canto en sus labios y nunca más dudó.

En esa fogata yo me hinque, oré pidiendo perdón a Dios por dudar y confié en la promesa de Dios para la salvación de mi alma. Desde ese día nunca más dudé de la promesa de Dios en cuanto a mi salvación. ¿Necesita usted confesar al Señor su falta de fe?