Hubo un tiempo en que luché con el hábito de decir maldiciones. Al instante que salía la palabra no deseada, confesaba mi pecado y le pedía encarecidamente a Dios que me perdonara y me ayudara a no maldecir. Me da vergüenza admitirlo, porque soy una hija de Dios y se que la escritura dice "No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen." (Efesios 4:29, Dios habla Hoy)
Las palabras irrumpían espontáneamente cuando estaba muy estresada o bajo mucha presión. Yo era como una olla de presión. Cuando uno prende el fuego debajo de esta olla, al principio no hace ruido. Pero conforme se va calentando, la presión sigue aumentando dentro de la olla hasta que llega a a su máxima presión. Para prevenir una explosión, la olla tiene un agujero el cual permite que escape el vapor. Cuando comienza a salir el vapor, se escucha un silbido.
Yo sabía que estaba bajo demasiada presión pero no sabía cómo bajar el fuego. Por meses y meses oraba continuamente que el Señor me ayudara a no maldecir, pero no pasaba nada. Era un pecado secreto porque siempre la maldición salía cuando estaba sola y lo decía en voz baja. No estaba dirigida a nadie, sino era un silbido que me decía, "Dolly, estas muy acelerada. Necesitas calmarte."
Lo que más me preocupaba era que algún día alguien me escucharía y me convertiría en una "piedra de tropiezo" para esa persona. Mi oración se convirtió en, "Señor, tengo que conquistar este mal habito antes que llegue a ser mal testimonio para Ti" Cuando le comenté a mi esposo mi desesperación por una cura el me recordó del famoso misionero a la China, Hudson Taylor. El era responsable por la vida de cientos de familias misioneras en la China durante un terrible período de persecución. Muchos de estos misioneros perdieron la vida a manos de los comunistas.
En nuestra biblioteca tenemos la biografía de él titulada, Hudson Taylor's Spiritual Secret, (El Secreto Espiritual de Hudson Taylor) escrito por Dr. & Mrs. Howard Taylor. En un capítulo el habla de cómo encontró el secreto de tener paz en toda circunstancia. En una carta escrita a su hermana dice, "Ya no tengo ansiedad." El explica como aprendió a "permanecer" en Dios en toda circunstancia sea fácil o difícil. El misionero entendió que siendo un siervo de Dios, Dios es el que le dará todo lo necesario para cumplir la tarea que El le envía hacer. Lo único que Hudson tenía que recordar es que Dios nunca lo dejaría solo.
Al meditar en este principio de "permanecer" en Jesucristo le pedí a Dios que me ayudara a visualizar Su continua presencia conmigo en toda circunstancia. La respuesta de Dios fue una silla. En mi oficina hay una silla para visitas. Comencé a visualizar a Jesucristo sentado en esa silla a mi lado todo el día. Al momento que se me presentaba un problema que no sabía resolver, antes de ponerme ansiosa y frustrada, me volvía a la silla y decía en voz alta, "Jesús, que quieres que haga en esta situación?" Cesaron casi por completo las malas palabras desde ese día. (Solo salen cuando me olvido consultar con Jesús al momento que se presenta una situación que parece ser "imposible."
¿Qué hace usted cuando se siente sobrecargado? Si usted no ha recibido a Jesucristo como su Salvador, entonces se encuentra solo en este mundo tratando de salir adelante. Jesús murió en la cruz para resolver el mayor problema en su vida, el castigo eterno por su pecado. El tomó su lugar en esa cruz. Solo tiene que creer por fe que Jesús es Dios y recibir Su perdón.
Después, la segunda decisión más importante es la de "permanecer" en Ėl. Juan 15:5 dice, "Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a Mí, y Yo unido a él, da mucho fruto; pues sin Mí no pueden ustedes hacer nada." (Versión Dios Habla Hoy). Si usted lucha con una carga demasiado pesada para usted, pida al Señor que le ayude a "permanecer" en Él. Si aprende esta lección habrá aprendido el secreto de vivir una vida libre de estrés.


