“Pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás…” Juan 3:14
Todos hemos sentido sed en algún momento de nuestra vida. Muchos de nosotros hemos experimentado los efectos de la deshidratación, especialmente cuando hacemos alguna tarea al aire libre durante un verano caluroso. El cuerpo esta constituido, según los expertos, de un sesenta por ciento de agua. Cuando los niveles de agua son bajos, el cuerpo se expone a un colapso total. El agua constituye un elemento necesario para el buen funcionamiento de todo el cuerpo.
La Biblia describe al agua como uno de los elementos primarios que Dios creó para sustentar la vida física en todas sus diferentes formas, es decir, las plantas, los animales y el ser humano. (Génesis 1:2) El agua tiene una infinidad de usos, entre ellos; limpiar o diluir el resto de los otros elementos. Su uso múltiple hace del agua un elemento de incalculable valor.
Jesús utilizó el agua como un símbolo de satisfacción total para las necesidades del ser humano. La mujer samaritana que estaba en el pozo de Jacob, carecía de verdadero propósito. Ella creía que entregando amor a los hombres llenaría el vacío y saciaría la sed de su alma. Jesús le mostró que solamente una relación de amor con Dios era capaz de saciar para siempre esa sed que mataba su alma. Ella decidió aceptar el regalo del agua de vida y fue trasformada en una nueva persona.
Amigo, deje que Jesucristo sacie la sed de su alma. El es el agua de vida eterna. El quiere y puede producir un manantial de vida eterna desde adentro de su corazón. Ese torrente es el amor de Dios que es derramado en su vida en el momento en que usted reconoce su sed espiritual, y le pide a Jesucristo que sea su Salvador y Señor de toda su vida. Esto resultará en abundante bendición de Dios para su propia vida y alcanzará a todos los que se encuentran a su alrededor.


